martes, 9 de abril de 2013

La pesca romana.

La pesca jugaba un papel importante en la economía romana, tanto como la producción de cereales, vino o aceite, pues de esa actividad dependía en gran medida la subsistencia de la población. Fresco, o en conserva, llegaba prácticamente a todas las cocinas; a las de los pudientes, las especies más apreciadas, siendo de consumo habitual entre las clases menos favorecidas. Las salsas de pescado eran otra alternativa de consumo y estaban presentes en la mayoría de las recetas de la época, conociéndose al menos, cuatro tipos diferentes: garum, hallec, muria y liquamen.
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El primero era el más apreciado, obteniéndose por fermentación natural de las vísceras del pescado, contando con un antiséptico, la sal, que evita la putrefacción. Se preparaba con infinidad de variedades, tanto de gran tamaño (caso del atún), como especies más pequeñas, mezclándose con sal, a razón de una parte de sal por ocho de pescado. Luego se dejaba secar al sol durante semanas, removiéndose la pasta diariamente y, finalmente, se colaba repetidas veces hasta obtener una salsa clara que se envasaba en ánforas para su transporte y comercialización.
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PESCA CON CAÑA:
A la caña, una vara larga flexible y resistente, se ataba un hilo hecho de lino o de crines de caballo, el sedal. En su extremo se colocaba el anzuelo, lastrado con un peso de plomo, al que se sujetaba el cebo. Para confirmar la captura usaban flotadores de corcho. También practicaban la pesca de fondo con sedales y el palangre, método que integra varios anzuelos cebados alrededor de un cabo principal. Los anzuelos (hamus) se fabricaban de hierro, bronce o cobre, dependiendo del tamaño de la pieza a capturar. Su forma no ha variado apenas hasta la actualidad, como se comprueba de las colecciones recuperadas en los yacimientos arqueológicos guipuzcoanos.

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PESCA CON REDES:
Entre los tipos de redes habituales se señala la denominada iaculum o funda, una red de tamaño pequeño con forma de embudo y provista de plomos que se lanzaba al agua desde lugares elevados, cercanos al mar; la red de arrastre, llamada sagena, verriculum o tragula, y la red de mano o hypoché. Es el caso de las lanzaderas, unas piezas compuestas de una varilla delgada que acaba en sus extremos en forma de horquilla y que servían para recoger el sedal. Pasando la lanzadera alternativamente a través de la trama, de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, se trenzaban las redes. Y es el caso, de las grandes agujas para reparación y cosido que cuentan con un cuerpo largo y una cabeza plana con su agujero para enhebrar el hilo. Igualmente, hay que señalar la presencia de pesas de red, cantos de piedra con entalles para fijación de cuerdas y que sirven para mantener la red sumergida.

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